Hace un par de meses tuve que enfrentarme a esa difícil situación: mi perra Bully, una linda perrita criolla que ya tenía trece años compartiendo nuestras vidas, tenía serios problemas de salud. Por la edad comenzó a presentar una condición de desgaste de sus vértebras, lo cual le provocó que poco a poco perdiera la movilidad en las patas traseras. A pesar de que en general estaba sana, requería muchos cuidados y ayuda para llevar su vida cotidiana, como salir, comer y en general moverse. A los pocos meses, la falta de movilidad provocó que presentara laceraciones en las patas traseras, deteriorando aún más su calidad de vida.Tuve que tomar la difícil decisión de practicarle a Bully una eutanasia humanitaria. Ella estaba muy mal, y médicamente, ya no había nada qué hacer por ella. Por otro lado, estaba sufriendo mucho: no poder correr y moverse la ponían triste. No fue una decisión fácil, porque a veces queremos mantenerlos con nosotros por nuestro apego a ellos, pero también pienso que a veces hay que renunciar al egoísmo y dejarlos ir.
No hay consuelo posible ante una pérdida, y menos aún cuando se trata de la muerte. Sin embargo, al menos tuve la certeza de que mi Bully murió en mis brazos. Se fue tranquila y feliz, así como llegó a mi vida. Y pienso que pese a lo doloroso, hubiera sido peor retenerla conmigo a costa de su calidad de vida y su sufrimiento. Pienso que eso debería estar en las consideraciones de un humano de compañía que está enfrentándose a tan difícil situación.
En algunos casos, nuestros animales de compañía tienen mucha suerte: ojalá a todos nos fuera dado morir en brazos de quien nos ama.